Abejas urbanas: pequeñas centinelas del ambiente
Las abejas silvestres que sobreviven entre edificios, parques y campos urbanos no solo polinizan —también guardan dentro de su organismo información sobre la salud del entorno en que viven.
Un estudio reciente publicado en Insect Science y liderado por científicos de la Universidad Xi’an Jiaotong-Liverpool (XJTLU), en China, descubrió que el microbioma intestinal de las abejas urbanas actúa como un indicador biológico de la calidad ambiental.
A través de técnicas de secuenciación metagenómica, los investigadores analizaron el ADN intestinal de la abeja solitaria Osmia excavata, recolectada en diez zonas agrícolas urbanas de Suzhou. Su objetivo: estudiar cómo la dieta, las bacterias, los virus y los genes de resistencia a antibióticos presentes en estos insectos reflejan la presión ambiental urbana.
“El intestino de una abeja silvestre puede funcionar como un sensor natural de la salud de las ciudades”, explicó la doctora Min Tang, autora principal del estudio.

Dieta limitada y paisajes artificiales
El análisis del ADN vegetal reveló que las abejas urbanas tienen una dieta más restringida que las rurales. Su alimentación depende principalmente de flores de cultivos como la colza (Brassica) y de árboles ornamentales como el plátano oriental (Platanus).
Este último no es un recurso habitual para las abejas, lo que indica que, en entornos urbanos, estos polinizadores recurren a fuentes alternativas cuando escasean las flores naturales.
Además, el estudio mostró que las diferencias en la vegetación urbana influyen directamente en su nutrición, demostrando cómo el diseño de parques y jardines puede afectar la salud de los polinizadores.
Microbiomas estables, pero sensibles al entorno
A pesar de las diferencias de hábitat, las abejas mantuvieron un microbioma intestinal estable, dominado por Gammaproteobacterias del género Sodalis. Estas bacterias ayudan a descomponer el polen y obtener nutrientes esenciales.
Sin embargo, en zonas más contaminadas o alteradas, Sodalis fue reemplazada por bacterias oportunistas como Pseudomonas, lo que sugiere estrés ambiental o desequilibrio microbiano.
Los científicos también detectaron 173 genes de resistencia a antibióticos, algunos asociados a multirresistencia, lo que podría reflejar exposición a contaminantes urbanos o microorganismos provenientes de fuentes humanas.
“Las abejas acumulan silenciosamente señales de estrés ecológico, desde dietas pobres hasta rastros de antibióticos”, destacó Tang.

Virus ocultos y señales de alerta
El estudio identificó una gran variedad de virus y bacteriófagos desconocidos en el intestino de las abejas, además de detectar el virus filamentoso de Apis mellifera (AmFV), común en abejas melíferas manejadas. Su presencia en abejas silvestres sugiere una posible transmisión viral a través de flores compartidas.
Los investigadores observaron que los fagos (virus que infectan bacterias) juegan un papel clave en mantener el equilibrio del microbioma. Cuando su número disminuye y aumentan bacterias oportunistas, se producen señales de desestabilización ambiental.
Abejas como sensores de salud ambiental
Este trabajo demuestra que las abejas no solo son esenciales para la polinización, sino que también pueden servir como biomarcadores urbanos. Analizar su microbioma permite detectar estrés ecológico, contaminación, patógenos y resistencia a antibióticos antes de que los efectos sean visibles en el ecosistema.
“Nuestro método puede aplicarse a diferentes especies y ciudades para desarrollar indicadores microbianos de alerta temprana y promover urbes más saludables para humanos y polinizadores”, añadió Tang.
Conclusión: las abejas, aliadas invisibles del monitoreo ambiental
En un mundo cada vez más urbanizado, las abejas urbanas se revelan como aliadas científicas y ecológicas. Su microbioma es una ventana a la salud del ambiente urbano, capaz de reflejar los impactos de la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la actividad humana.
Cuidar de ellas no solo protege la polinización, sino que también ayuda a medir la salud real de nuestras ciudades.
